Puede parecer que, si digo ahora que no entenderéis nada de este relato si no habéis leído los anteriores de la serie, estoy pretendiendo que se incremente el número de lectores. Pero es cierto. Poco de lo que sigue tendrá demasiado sentido para vosotros, salvo que conozcáis la historia completa. Los anteriores podrían considerarse narraciones independientes, pero este no.
CHARLIE.
–¡Jajajajaja! ¿Qué queréis? ¿Que vuelva a contar el "polvo" con Jorge desde otra perspectiva? –rió Irina.
–En realidad, Charlie ya comenzó a joderla cuando no se conformó únicamente con lo de su historia con Julia, sino que además nos involucró a Irina y a mí –protestó Román–. ¿Se te ha ocurrido pensar que a lo mejor me habría gustado más "follar" con tu mujer, como al final acabé haciendo? –terminó, guiñándome un ojo–. Bueno, de mentirijillas…
–Tiene razón Irina –concedió Jorge–. Creo que a estas alturas lo mejor es dar por finalizado el juego.
Yo no me reía, ni sentía deseo alguno de bromear acerca de lo que acababa de suceder. Todo había comenzado con una conversación sobre sexo e infidelidad entre las cuatro parejas, después de la cena. Alguien (creo que fue Andrés, aunque no estoy seguro) había propuesto una especie de "juego de la verdad" en el que cada una y uno, como primera pregunta, debía confesar si le había sido infiel a su pareja, pero obviamente hubo varios que no estaban dispuestos a ello. A mí no me habría importado decir la verdad, porque no había estado con otra mujer desde que conocí a Lara, pero entonces ya me dio la impresión de que a varios (incluida alguna mujer) les había cambiado la cara, y obviamente la idea no prosperó, aunque hubo bromas del estilo de "espera que tengo que contarlos, porque no sé si me voy a acordar de todos" (Julia) celebrada con risas.
La idea final había sido de Jorge, nuestro anfitrión, y a todos nos pareció divertida y excitante. Solo que nadie tenía conciencia en aquel momento de hasta dónde nos iba a conducir: se trataba de que cada uno, en un orden decidido mediante sorteo, narrara una historia de infidelidad en la que él o ella sería el protagonista, y que debía involucrar obligatoriamente a alguna o alguno de los presentes. La otra regla es que en la medida de lo posible, no se contradijera nada de lo que los anteriores narradores incluyeran en sus relatos.
Yo fui el primero, inventé una supuesta infidelidad con Julia, e incluí la historia de Irina y Román aún no sé muy bien por qué. Quizá, porque había sido notorio en los días anteriores que pasaban mucho tiempo juntos, y ello había dado lugar a algún comentario en privado por parte de Lara, mi mujer. Creo que puse el listón alto, y los demás habían intentado superarme, aunque sin duda, en mi ranking particular la mejor había sido Elena, y no solo por el hecho de que yo hubiera sido su ficticio "partenaire". Y al final, la excitación era patente en los rostros, además de en la entrepierna de casi todos los varones.
De manera que los cinco cuentos eróticos habían sido producto de la imaginación de sus autores.
«¿O no? –me pregunté».
Había habido en ellos una parte de verdad. Por ejemplo, es cierto que mi mujer se fue al pueblo cercano acompañada de Jorge, y que Elena y yo habíamos estado paseando por la playa durante más de dos horas. Aunque evidentemente la caleta donde supuestamente ella y yo habíamos hecho el amor no existía, que yo supiera. Pero, ¿de verdad lo sucedido entre Lara y Jorge fue también inventado? Comenzaba a no estar tan seguro de ello. Eran pequeños detalles, cosas a las que en su momento no había dado importancia. Por ejemplo que tiempo atrás, en un par de ocasiones el teléfono de mi casa no había sido descolgado, y el móvil de Lara estaba "apagado o fuera de cobertura" al mismo tiempo. Y que había dudado unos instantes cuando al volver a casa le pregunté dónde había estado. Eso, sin contar con que hacía ya tres noches que no habíamos tenido sexo, porque ella había pretextado estar demasiado cansada, o que le dolía la cabeza, lo cual fue objeto de bromas por mi parte.
Había otra cosa que en su momento me produjo un escalofrío, que había provocado miradas intencionadas en los demás, y que aún una hora después seguía recordando impresionado: Elena en su narración había dicho que estaba enamorada de mí. Había sido la única en decir algo parecido, todos los demás habíamos hablado de encuentros sexuales que no involucraban emociones.
«¿Qué porcentaje de lo que he oído es cierto? –dudé».
El siguiente paso fue interrogarme a mí mismo acerca de mis sentimientos hacia Elena. Lara no había hecho ningún comentario al respecto, pero lo cierto es que, como en el caso de Irina y Román, tenía que reconocer que Elena y yo habíamos estado juntos aquellos días mucho más tiempo del que habría sido lógico o adecuado. Siendo sincero conmigo mismo, debía confesar que no se había tratado de una casualidad: yo había buscado su compañía en más de una ocasión. Otras veces, –las menos–, había sido ella la que había ocupado el asiento o la tumbona vacíos a mi lado. Habíamos charlado interminablemente sobre mil y una cosas, y me había sentido muy bien en su compañía.
«Pero no, ella es la esposa de Jorge, y yo estoy casado con Lara –me dije–. Es solo amistad, quizá un poco más íntima que la que puedo tener con Julia o con Irina, pero no va más allá de eso»
Aunque en mi fuero interno tampoco estaba completamente seguro de ello. Porque había algo indefinible, una especie de comunicación entre nosotros que trascendía de lo verbal y tenía lugar en otro plano. En más de una ocasión, me había sorprendido a mí mismo mirándola mientras hablaba, tan completamente concentrado en el movimiento de sus labios, o en los gestos de sus manos con los que subrayaba sus palabras, que ni había escuchado que alguien se había dirigido a mí.
La voz de Jorge interrumpió mis pensamientos.
–Creo que estamos todos un poco acalorados, y lo mejor en estos casos es… ¿quién quiere darse un baño nocturno en la piscina?
–Tendré que subir a cambiarme –dijo Irina– o arruinaré este vestido de punto.
–Quítatelo. Total, ya te hemos visto todos desnuda –saltó rápida Julia.
Tampoco era cierto, había sido una invención de Lara. Pero ante mi asombro, la chica se quitó el vestido, dejando ver unas braguitas negras de encaje, que era lo único que había debajo de la prenda.
–¡Eh, los chicos! –gritó alegremente Julia, mientras tironeaba de sus pantalones sentada en una silla–. ¿No pensaréis cambiaros de ropa? Nosotras no vamos a hacerlo…
Jorge no lo dudó un instante, y corrió hacia la piscina vestido únicamente con un slip.
Lara titubeó un momento, se encogió de hombros, y se desprendió de camiseta y falda. Ella, al contrario de Irina, llevaba puesto un sujetador del que prescindió mientras seguía a los otros dos a la carrera.
Román optó por imitar a Jorge. Andrés se quedó parado unos segundos, antes de que su pantalón y camisa fueran a parar al suelo. Pero él no llevaba nada debajo, y su desnudez provocó un coro de risas y chillidos cuando se aproximó a la piscina con su pene erecto precediéndole.
Elena y yo, aún sentados ante la mesa del porche, nos limitábamos a ser espectadores de los chapoteos y persecuciones en el agua azul, y a escuchar las bromas que intercambiaban, algunas de tono subido. Estaba muy seria, y tenía la mirada perdida.
Pareció salir de su trance con un estremecimiento.
–¿No te apetece unirte a los demás? –susurró, mientras me miraba directamente a los ojos.
–Prefiero tu compañía.
–¿Por qué?
Una pregunta sencilla, pero muy difícil de responder. Sobre todo porque yo mismo no lo sabía.
–Porque me encuentro muy bien contigo.
Se quedó pensativa unos segundos. Yo tenía una pregunta quemándome la lengua, pero no me atrevía a hacerla. Porque si su respuesta era la que temía, no podría seguir ya creyendo o fingiendo creer… Me decidí.
–¿De veras Jorge se comporta en la cama como le describió Lara?
Elena estuvo mucho tiempo sin responder, limitándose a mirarme fijamente. Casi podía adivinar sus pensamientos. Pero, si no me equivocaba al suponer qué es lo que ocupaba su mente, ella ya tenía la certeza de lo que yo únicamente sospechaba.
–Sí –afirmó, mientras bajaba la vista.
–Eso solo tiene un significado: el relato de mi mujer no ha sido ficción…
Alzó la vista con los ojos empañados, y me acarició una mejilla.
–Lo siento por ti, Charlie, yo lo sabía desde hace tiempo, casi desde el principio.
«¿Por qué la confirmación solo me producía un leve dolor, y no el ataque de celos que habría imaginado?».
–El es así –continuó–. No le basta conmigo, y Lara no ha sido la única. Lleva bastante tiempo intentando convencerme para ir a un club de intercambios, "sólo a mirar", dice, pero yo estoy segura de que no se limitaría a eso. Lo que ha sucedido esta noche ha sido como una especie de revulsivo para mí. Solo me queda una salida, y es separarme de él.
Una algarabía de voces y gritos llamó mi atención. En la piscina, Jorge mantenía en alto una prenda negra. Solo había algo de ese color entre la ropa con la que los otros seis se habían introducido en el agua: las braguitas de Irina. Y lo confirmaba el hecho de que ésta, pegada al cuerpo del hombre, pugnaba por alcanzarlas riendo a carcajadas.
Contemplé el chorreante cuerpo de Lara emerger por una escalerilla, y dirigirse después a nosotros. Aún conservaba las braguitas puestas, aunque por efecto del agua se trasparentaban, y era casi como si no llevara nada encima.
–¿No venís a bañaros con los demás? –preguntó, a unos pasos de donde nos encontrábamos.
–No, no nos apetece –respondí por los dos.
–¿Te molesta que yo esté con ellos?
–¿Haría alguna diferencia el hecho de que me molestara o no? –pregunté a mi vez en tono caustico.
–Mira, Charlie, no me vas a amargar la noche con tu seriedad y tus prejuicios, otra vez no. Estamos divirtiéndonos entre amigos, y tú –dudó unos instantes mirando a Elena– vosotros, deberíais aunque solo sea por una vez abandonar ese castillo en que os habéis encerrado ambos desde que llegamos aquí, y participar de la alegría de los demás.
Me limité a mirarla sin responder. Finalmente, se encogió de hombros.
–Haced lo que os dé la gana –concluyó, mientras se volvía y comenzaba a andar de vuelta a la piscina.
A unos pasos del agua revuelta por los cuerpos que se perseguían y se abrazaban fugazmente, emprendió la carrera.
–¡Apartaos, que voy! –gritó alegremente, mientras se lanzaba a la pileta.
Cuando emergió, fue atrapada por las manos de Román y Jorge, mientras ella dejaba escuchar su risa. El marido de Elena se sumergió, mientras el otro hombre le sujetaba las manos. Cuando volvió fuera, mostró triunfalmente las braguitas de Lara, entre las palmadas y las risas de los demás. Esta se puso seria un momento, y luego se limitó a dirigir una fugaz mirada en nuestra dirección. Después su rostro recuperó la sonrisa, y se abrazó a Román, intentando sumergirle.
Instantes después, la poca ropa interior que llevaban los seis cuando se lanzaron al agua, estaba desperdigada por los bordes de la pileta. Entre la algarabía general, las tres mujeres pasaron por lo mismo, sin que a ninguna –incluida Lara– pareciera importarle en demasía: uno de los hombres inmovilizaba las manos de una de las chicas, mientras los dos restantes acariciaban el cuerpo de la "víctima", tanto por encima como bajo la superficie. Y las otras coreaban con palmadas y risas la acción, hasta que alguna de ellas era sujetada a su vez, y sometida al manoseo de los otros hombres.
Unos minutos después, los juegos se habían terminado. Ahora había tres parejas estrechamente abrazadas en el agua: Lara y Román, Jorge e Irina, Andrés y Julia.
Los primeros en abandonar la relativa inmovilidad que mantenían –porque las manos continuaban activas– fueron Jorge e Irina. Subieron la escalera ambos completamente desnudos, y se dirigieron a una de las tumbonas, en la que se acostaron frente a frente. Y ahora no estaba el agua para ocultar la mano del hombre, que acariciaba el sexo de ella sin reparo alguno, como si estuvieran solos.
Román elevó a mi mujer tomada de las nalgas (o de la entrepierna, porque las manos quedaban ocultas bajo la superficie) Lara nos dirigió otra mirada, después se volvió y pasó sus brazos en torno al cuello del hombre. Se besaron intensamente. Luego, el cuerpo femenino inició un movimiento de subida y bajada, que no dejaba duda acerca de su causa.
Elena y yo nos mantuvimos en silencio, contemplando con una vaga desazón (al menos en mi caso) lo que estaba sucediendo a unos metros de donde nos encontrábamos.
No hubo palabras, no las necesitábamos. Me puse en pie y tomé una de sus manos, que tenía cruzadas sobre el regazo de su liviano vestido. Estaba bellísima, con su rostro compungido, y dos lágrimas que pugnaban por brotar de sus ojos. Me imitó, y se dejó conducir por mí al interior de la vivienda.
Me detuve pasado el umbral, y la atraje contra mi cuerpo. Hondos sollozos estremecieron sus hombros, y yo besé sus mejillas, notando en mis labios el sabor salado de su llanto.
–Es… asqueroso, Charlie –consiguió al fin articular entre hipos.
–A mí tampoco me agrada verlo, y por eso te he traído aquí.
–Te duele ver a Lara entregarse a otro, ¿verdad?
Lo pensé unos instantes. Me sentía como vacío por dentro, y en esa nada que había en mi interior, no tenían cabida los celos que mis prejuicios me decían que debía sentir. No, la visión obscena de mi mujer abierta de piernas, y de su vagina penetrada por el pene de otro hombre, solo me causaba una honda pena, un sentimiento de tristeza por la vida que había compartido con Lara, que no sería la misma a partir de ahora.
Y de repente mi vacío comenzó a llenarse. De la triste mirada de Elena, prendida en mis ojos. Del contacto de sus senos apretados contra mi pecho. De sus cabellos color miel. De sus labios. De su limpio olor. De sus manos sobre mis omóplatos. De la ligera curva de su vientre oprimido contra mis genitales. Y de algo como un aura que irradiaba de ella y penetraba por todos mis poros, colmando ese hueco en mi interior que había dejado el espectáculo al que nos habíamos sustraído.
Y descubrí que ese inexplicable anhelo que había experimentado los días precedentes de buscar su cercanía no tenía nada que ver con el deseo de hacer realidad la experiencia de nuestra mutua entrega de ficción narrada por ella misma, sino que era algo más hondo. Un sentimiento que me llenaba de gozo y tristeza a la vez.
–Acabo de descubrir algo, Elena. Que me habría dolido más que fueras tú quién se estuviera revolcando ahora con Román.
–Charlie, no digas eso, por favor –susurró, clavando en mí su mirada, en la que pude percibir una esperanza en la que no se atrevía a creer del todo.
–Es lo que siento ahora mismo. Sé, con la convicción con que se saben las cosas importantes, que lo que me causaría un dolor inmenso sería separarme de ti.
Besé sus párpados, y ella se apretó aún más contra mi cuerpo. Su llanto había cesado, y sus manos resbalaban por mi espalda como leves caricias.
–Te amo, Elena –pronunciaron mis labios sin que mi cerebro lo hubiera anticipado.
Nos demoramos solo el tiempo necesario para poner algo de ropa y los útiles de aseo en dos maletas. Cuando volvimos a salir de la casa, esta vez por la puerta principal (desde la que no se veía la piscina) la algarabía de las voces había sido sustituida por un silencio que imaginé que más cerca de ellos no sería tal, sino un coro de gemidos y jadeos. Nos introdujimos en mi auto, y salimos de allí sin volver la vista atrás.
Recorrimos en silencio unos kilómetros. Elena llevaba la vista perdida al frente, con los dedos entrelazados en su regazo, en una postura que era habitual en ella. Tomé una de sus manos, y la llevé a mis labios. Solo entonces me dirigió la vista, y en su rostro había una sonrisa triste.
–¿Qué haremos ahora, Charlie? –preguntó, al borde del llanto.
–Tú ya habías tomado tu decisión, y yo acabo de adoptarla. Dentro de unos días llegará el momento de los reproches y las explicaciones, y tendremos que hacer planes para nuestra vida juntos. Si tú quieres…
Su sonrisa, y la presión de sus dedos en mi mano fue la mejor respuesta.
En contra de lo que había supuesto, sobre todo a aquellas horas, no fue difícil encontrar habitación en un motel de carretera, como a 60 kilómetros de la casa. No era la suite de un hotel de lujo, donde me habría gustado conducirla, pero el establecimiento era de reciente construcción, estaba limpio, y el mobiliario parecía nuevo.
Nada más cerrar la puerta a nuestras espaldas, nos quedamos inmóviles, mirándonos a los ojos. Los suyos estaban empañados, pero no había dolor en su expresión. Le tomé de las manos, y me acerqué muy lentamente a ella. Nuestros rostros se aproximaron muy despacio. Entreabrió los labios, y me perdí en la frescura de su boca.
ELENA.
No se lo había dicho a Charlie, demasiado tenía ya con su dolor, pero lo que estaba sucediendo en la piscina ante nuestros ojos no tenía nada de casual. Cuando invitó a las tres parejas a pasar unos días en nuestra casa, mi marido ya me había dejado claro cuáles eran sus intenciones: tenía el propósito de conseguir llevar a todos a realizar una orgía.
Debí separarme de él en aquel momento. Sus continuas peticiones de que accediera a realizar un intercambio, solo podía verlas de una manera: que contaba conmigo como moneda para pagar la satisfacción de sus lujuriosas fantasías. No le bastaba ya con sus continuas infidelidades, que en algún momento incluyeron a Lara, la esposa de Charlie. Necesitaba algo más para saciar su desenfrenado apetito sexual.
Pero no. Como en mi relato, me estoy mintiendo a mí misma. No me fui porque Charlie era uno de los invitados.
¿En qué momento advertí la atracción que sentía por él? No lo sé. Si sé que cuando me contaron que habían visto a mi marido y Lara entrar en un hotel, y Jorge me confirmó que tenía una aventura con ella, sentí más pena por Charlie que por mí misma.
Los cuatro días a su lado habían sido… Debía notárseme, no me cabe la menor duda. Cada vez que él tomaba asiento a mi lado, mi corazón saltaba en el pecho como el de una colegiala. No quería creer que estuviera sintiendo lo mismo que yo, pero me bastaba con su cercana presencia, con el sonido de su voz. Me sentía… Lara lo había dicho al final: como en una burbuja donde solo estábamos él y yo, y por unos minutos u horas no contaba la sucia realidad, sino el gozo de estar a su lado.
Me dejé llevar. Fue como si algo me impeliera a declarar mi amor por Charlie en el transcurso de mi narración. Había sentido una puñalada en el pecho cuando contó su supuesta infidelidad con Julia (que por unos minutos llegué a creer que era cierta) pero después él me miró a los ojos y tuve la seguridad –que luego me confirmó en un susurro– de que únicamente había sido una invención.
Luego, cuando me tocó el turno después de él, me limité a describir lo que me habría gustado que sucediera en nuestro paseo a solas por la playa. Y me sorprendí a mí misma confesando en público mis sentimientos hacia él.
Por un momento pensé que Charlie entraría en el juego, cuando los demás se desnudaron y se metieron en la piscina, pero tengo que reprocharme ese mal pensamiento. Si lo hubiera hecho, no habría sido el Charlie de quién me había enamorado, el Charlie cuyas opiniones sobre la vida, el amor y la fidelidad habían sido objeto de alguna de nuestras conversaciones en aquellos cuatro intensos y maravillosos días transcurridos en su casi continua compañía.
Ahora no es una ficción. No imagino sus labios sobre los míos, es real, y estoy disfrutando del contacto. Las manos que nunca antes de esta noche se habían posado sobre mi cuerpo están en mi cintura. Siento la presión de su pecho en mis senos, que de nuevo, como en mi narración, anticipan en la sensibilidad de mis pezones erectos la caricia de su lengua.
Se ha apartado de mí unos instantes, solo para quitarse la ropa. Y no me encuentro violenta por ello; me parece tan natural como el respirar contemplar su cuerpo desnudo, ese cuerpo que he anhelado en mis noches de frustración tras ser usada por Jorge, mi marido, a veces sin hallar en ello placer alguno.
Ansío corresponderle. Mis manos descorren la pequeña cremallera en la parte posterior de mi vestido, deshago el nudo que cierra en mi nuca las cintas que mantienen el escote en su sitio, y permito que resbale hasta que queda arrugado en torno a mis tobillos.
No siento ningún pudor, aunque está recorriendo todo mi cuerpo con los ojos brillantes. He bajado también mis braguitas hasta el rebuño de ropa a mis pies, y me muestro ante él completamente desnuda. Y tampoco, como había anticipado, tiemblo nerviosa en su presencia. Solo siento el anhelo de entregarme en él, de conocer su amor.
Vuelve a tomarme en sus brazos, y sus besos me queman, pero al mismo tiempo son como una especie de bálsamo que calma mi dolor.
De nuevo se separa de mí, y su mirada acaricia todo mi cuerpo. Y en este momento no hay nada que me impida contemplarle a mi vez. Su rostro, ahora muy serio, con sus ojos brillantes prendidos en mi cuerpo. Sus brazos apenas cubiertos por un vello no muy denso. Sus hombros, su pecho musculado aunque sin exageración. Su vientre plano. La erección que muestra sin complejos, aunque advierto que no tiene mucho que ver con mi descripción durante el juego: lo había imaginado menos largo, y el prepucio cubre en gran medida el glande, del que asoma solo el extremo.
Tengo que contener el fuerte impulso que me lleva a tomarlo entre mis manos, porque es la primera vez que nos encontramos, y tiemblo ante la idea de provocar su rechazo si me muestro demasiado lanzada. Pero no son solo mis dedos los que se mueren por sentir su contacto: también mis labios están anhelando besar su orgullosa masculinidad enhiesta.
Me eleva entre sus brazos como si fuera una pluma, y me deposita cuidadosamente en la cama, con infinita delicadeza. Tiendo mis manos hacia él, pero no experimento únicamente la urgencia de sentirle muy dentro de mí. Deseo también el contacto de su piel, y me muero por sus besos, que son para mi dolor como la primera lluvia de otoño, que arrastra toda la suciedad, y refresca el ambiente.
¡Dioses, sus besos! Ha posado sus labios tras uno de mis oídos, y el contacto me enerva. No puedo evitar que mi cuerpo se tense y que mi pubis se eleve, ofreciéndome a él. Está recorriendo ahora mi barbilla. Desciende por mi cuello, depositando en él besos suaves…
¡No puedo más! Su lengua lame delicadamente el hueco bajo mi garganta, y otra vez sus labios descienden por mi pecho, y se posan en uno de mis senos. Siento un estremecimiento en todo el cuerpo cuando atrapan uno de mis pezones, y se demoran sobre él, en una exquisita tortura.
Noto perfectamente la humedad entre mis piernas. Mi sexo está preparado para recibirle… ¿Qué digo? Todo mi cuerpo anticipa el instante en que será mío al fin, después de tanto tiempo deseándolo.
Los pequeños roces de su boca en mi vientre y mi pubis me están llevando al mismo borde del orgasmo. Quiero que descienda aún más. Deseo sentir sus labios sobre mi sexo, y separo aún más los muslos, deseando el contacto.
«¿Dudas? ¿No ves que me muero por tus caricias?»
Solo lo pienso, y quisiera gritarlo, pero no me atrevo. Me siento entre sus brazos como una quinceañera que aún no conoce el gozo de entregar su cuerpo.
Besa mis ingles, y de nuevo todo mi cuerpo se tiende hacia él, sin que pueda hacer nada para evitarlo, aunque quisiera.
Me mira intensamente. No sé lo que piensa, no me importa. Me basta con contemplar su rostro como trasfigurado, que no sonríe como suele, y en el que mi ansia quiere ver reflejado un amor tan profundo como el que yo siento. Y sus ojos clavados en los míos.
Un escalofrío me recorre por entero cuando al fin sus labios se posan en mi vulva. No solo el ligero bozo de mis brazos y muslos, sino también el cabello en mi nuca se eriza con el contacto. Y de nuevo me elevo hacia él. Quiero darme entera, que no haya nada en mi cuerpo ni en mi alma que no tome, porque deseo entregárselo todo.
El orgasmo es como una explosión, y en él participa todo mi cuerpo, no solo mi sexo y mi vientre. Me debato sin avergonzarme por ello. Gimo sin sentir ningún pudor, y cuando al fin el crescendo de sensaciones llega al límite más alto, grito. No puedo expresarlo con palabras, pero en ese grito están todo el amor que me embarga, y la expresión del placer más intenso que he experimentado nunca.
Cuando vuelvo en mí, él está depositando suaves besos en mis mejillas, mientras sus dedos acarician mis hombros. Quiero recompensarle. Le empujo suavemente con una mano, hasta que queda tendido en la cama, y me arrodillo a su lado.
Igual que él hizo antes conmigo, deposito besos leves en sus hombros y su pecho. Y como en mi relato, siento los pequeños botones oscuros de sus tetillas duros bajo mis labios. Mi boca desciende por el vello de su pecho, hasta posarse en su vientre.
Dudo, con su hermoso pene a centímetros de mis ojos. Por fin me atrevo, y mis dedos entran en contacto con la suavidad de su piel, y las venas que sobresalen inflamadas. Y poso en él mi boca. Ahora es Charlie quién se estremece por mis caricias, y me embarga una sensación de gozo al contemplar su placer.
Mis labios llegan a sus testículos inflamados, y puedo sentir en ellos la dureza de las bolsas seminales repletas. Mi mano inconscientemente ha descendido, y su glande es ahora visible.
No puedo esperar un instante más. Necesito desesperadamente sentirle dentro, que su hombría me llene y me conduzca de nuevo a la cima del placer.
Me tiendo sobre él, y mis manos pasan bajo su cuello, atrayéndole contra mis senos sensibilizados al máximo. El no se apresura a penetrarme, como en mi fiebre estoy implorando silenciosamente. De nuevo besa mis párpados, mis pómulos, mis mejillas, mis labios… Deslizo lentamente mi lengua en el interior de su boca, y la enredo con la suya.
«¡Por favor, tómame! ¿No ves cómo te deseo? –grito silenciosamente, porque no puedo hablar, mi boca está apretada contra su boca, probando su saliva, y llenándose de su aliento»
El, por fin, parece haber percibido el ansia que me llena. Su mano se introduce bajo mi muslo, y conduce a tientas su pene. Siento el contacto de su glande en el ano, desciende por el periné, resbala por el interior de mi vulva, entre mis labios mayores turgentes, y se posa al fin en la entrada de mi vagina.
Se queda inmóvil, pero mi deseo no me permite demorarlo más, y empujo hacia abajo con las caderas en tensión. Siento su erección penetrar poco a poco en mi conducto. Contraigo los músculos, no para impedirle la entrada, sino para abrazar también esa parte de su cuerpo.
Se detiene unos instantes. Me dirige una mirada amorosa, y su pene recorre el resto del camino en mis entrañas. Nunca me he sentido así. Es la sensación de mi vagina dilatada, pero no únicamente. Todos los poros de mi piel se impregnan del amor que expresa su mirada y que emana de todo su cuerpo, y por primera vez en mi vida me siento mujer de verdad, me siento amada, y querría que el tiempo se detuviera, y seguir experimentando para siempre esta sensación.
No solo es mi alma la que está gozando la intensidad del momento. Mis instintos reclaman también la satisfacción de mi deseo físico, y mi pelvis inicia un movimiento de subida y bajada. Su pene se desliza con él por el interior de mi conducto, y cada vez que está a punto de abandonar mi interior, los músculos de mi pelvis se tensan nuevamente para impedírselo.
Estoy muy cerca ya del clímax. Las contracciones irradian desde mi sexo a todo mi cuerpo, comenzando por el vientre. El se aferra a mi espalda con los dedos engarfiados. Sus besos se hacen urgentes. Toda la parte inferior de nuestros rostros está impregnada de saliva, como mi sexo lo está del flujo de mi extrema excitación.
Una nueva contracción me lleva a tensarme, y entonces es él quien comienza a contraer y relajar las caderas rápidamente.
Las sensaciones son cada vez más intensas. Creo que he llegado al clímax, pero entonces una nueva convulsión me recorre por entero. Estoy gimiendo de nuevo inconteniblemente. Mi cuerpo está ahora como paralizado, y todos mis sentidos se concentran en el deslizamiento de su pene en mi interior, y en el roce en mi clítoris, que irradia a modo de corrientes eléctricas que me recorren toda entera.
Noto las pulsiones de su pene muy dentro de mí, percibo su jadeo en mi boca, y mis ojos se llenan con su rostro trasfigurado por el placer. Y entonces me dejo llevar. Viene una contracción aún más intensa, y otra… Pienso que ya ha terminado, pero entonces todo mi cuerpo se convulsiona, grito sin poder evitarlo, y mi espalda se envara, y un estremecimiento más fuerte aún me lleva más allá del límite del mayor placer que haya experimentado nunca. Luego pierdo por completo el control sobre mi cuerpo, se me nubla la visión, y quedo desmadejada sobre el cuerpo de Charlie. Mi amante. Mi amor.
«La pequeña muerte, le llaman. No es así, es vida. Es la sensación más intensa que el ser humano puede experimentar, y más intensa aún cuando la compartes con la persona que amas –pienso, mientras enredo mis dedos en sus cabellos, y siento sus besos leves como plumas en todo mi rostro».
El sonido del teléfono móvil de Charlie sobre la mesilla me saca de la especie de trance en que estoy sumida. El lo mira, pero no hace intención de tomarlo. Se calla al fin.
Sonríe, y es casi tan hermoso contemplar su sonrisa como lo ha sido el acto de amor que acabamos de compartir.
El teléfono vuelve a sonar. Esta vez Charlie sí lo coge, pero solo para oprimir el botón de apagado.
–¿No respondes? –le pregunto, y él sonríe.
–Solo hay en el mundo una persona con la que quiera hablar en este momento, y eres tú.
Y me besa de nuevo.
Puede parecer que, si digo ahora que no entenderéis nada de este relato si no habéis leído los anteriores de la serie, estoy pretendiendo que se incremente el número de lectores. Pero es cierto. Poco de lo que sigue tendrá demasiado sentido para vosotros, salvo que conozcáis la historia completa. Los anteriores podrían considerarse narraciones independientes, pero este no.
CHARLIE.
–¡Jajajajaja! ¿Qué queréis? ¿Que vuelva a contar el "polvo" con Jorge desde otra perspectiva? –rió Irina.
–En realidad, Charlie ya comenzó a joderla cuando no se conformó únicamente con lo de su historia con Julia, sino que además nos involucró a Irina y a mí –protestó Román–. ¿Se te ha ocurrido pensar que a lo mejor me habría gustado más "follar" con tu mujer, como al final acabé haciendo? –terminó, guiñándome un ojo–. Bueno, de mentirijillas…
–Tiene razón Irina –concedió Jorge–. Creo que a estas alturas lo mejor es dar por finalizado el juego.
Yo no me reía, ni sentía deseo alguno de bromear acerca de lo que acababa de suceder. Todo había comenzado con una conversación sobre sexo e infidelidad entre las cuatro parejas, después de la cena. Alguien (creo que fue Andrés, aunque no estoy seguro) había propuesto una especie de "juego de la verdad" en el que cada una y uno, como primera pregunta, debía confesar si le había sido infiel a su pareja, pero obviamente hubo varios que no estaban dispuestos a ello. A mí no me habría importado decir la verdad, porque no había estado con otra mujer desde que conocí a Lara, pero entonces ya me dio la impresión de que a varios (incluida alguna mujer) les había cambiado la cara, y obviamente la idea no prosperó, aunque hubo bromas del estilo de "espera que tengo que contarlos, porque no sé si me voy a acordar de todos" (Julia) celebrada con risas.
La idea final había sido de Jorge, nuestro anfitrión, y a todos nos pareció divertida y excitante. Solo que nadie tenía conciencia en aquel momento de hasta dónde nos iba a conducir: se trataba de que cada uno, en un orden decidido mediante sorteo, narrara una historia de infidelidad en la que él o ella sería el protagonista, y que debía involucrar obligatoriamente a alguna o alguno de los presentes. La otra regla es que en la medida de lo posible, no se contradijera nada de lo que los anteriores narradores incluyeran en sus relatos.
Yo fui el primero, inventé una supuesta infidelidad con Julia, e incluí la historia de Irina y Román aún no sé muy bien por qué. Quizá, porque había sido notorio en los días anteriores que pasaban mucho tiempo juntos, y ello había dado lugar a algún comentario en privado por parte de Lara, mi mujer. Creo que puse el listón alto, y los demás habían intentado superarme, aunque sin duda, en mi ranking particular la mejor había sido Elena, y no solo por el hecho de que yo hubiera sido su ficticio "partenaire". Y al final, la excitación era patente en los rostros, además de en la entrepierna de casi todos los varones.
De manera que los cinco cuentos eróticos habían sido producto de la imaginación de sus autores.
«¿O no? –me pregunté».
Había habido en ellos una parte de verdad. Por ejemplo, es cierto que mi mujer se fue al pueblo cercano acompañada de Jorge, y que Elena y yo habíamos estado paseando por la playa durante más de dos horas. Aunque evidentemente la caleta donde supuestamente ella y yo habíamos hecho el amor no existía, que yo supiera. Pero, ¿de verdad lo sucedido entre Lara y Jorge fue también inventado? Comenzaba a no estar tan seguro de ello. Eran pequeños detalles, cosas a las que en su momento no había dado importancia. Por ejemplo que tiempo atrás, en un par de ocasiones el teléfono de mi casa no había sido descolgado, y el móvil de Lara estaba "apagado o fuera de cobertura" al mismo tiempo. Y que había dudado unos instantes cuando al volver a casa le pregunté dónde había estado. Eso, sin contar con que hacía ya tres noches que no habíamos tenido sexo, porque ella había pretextado estar demasiado cansada, o que le dolía la cabeza, lo cual fue objeto de bromas por mi parte.
Había otra cosa que en su momento me produjo un escalofrío, que había provocado miradas intencionadas en los demás, y que aún una hora después seguía recordando impresionado: Elena en su narración había dicho que estaba enamorada de mí. Había sido la única en decir algo parecido, todos los demás habíamos hablado de encuentros sexuales que no involucraban emociones.
«¿Qué porcentaje de lo que he oído es cierto? –dudé».
El siguiente paso fue interrogarme a mí mismo acerca de mis sentimientos hacia Elena. Lara no había hecho ningún comentario al respecto, pero lo cierto es que, como en el caso de Irina y Román, tenía que reconocer que Elena y yo habíamos estado juntos aquellos días mucho más tiempo del que habría sido lógico o adecuado. Siendo sincero conmigo mismo, debía confesar que no se había tratado de una casualidad: yo había buscado su compañía en más de una ocasión. Otras veces, –las menos–, había sido ella la que había ocupado el asiento o la tumbona vacíos a mi lado. Habíamos charlado interminablemente sobre mil y una cosas, y me había sentido muy bien en su compañía.
«Pero no, ella es la esposa de Jorge, y yo estoy casado con Lara –me dije–. Es solo amistad, quizá un poco más íntima que la que puedo tener con Julia o con Irina, pero no va más allá de eso»
Aunque en mi fuero interno tampoco estaba completamente seguro de ello. Porque había algo indefinible, una especie de comunicación entre nosotros que trascendía de lo verbal y tenía lugar en otro plano. En más de una ocasión, me había sorprendido a mí mismo mirándola mientras hablaba, tan completamente concentrado en el movimiento de sus labios, o en los gestos de sus manos con los que subrayaba sus palabras, que ni había escuchado que alguien se había dirigido a mí.
La voz de Jorge interrumpió mis pensamientos.
–Creo que estamos todos un poco acalorados, y lo mejor en estos casos es… ¿quién quiere darse un baño nocturno en la piscina?
–Tendré que subir a cambiarme –dijo Irina– o arruinaré este vestido de punto.
–Quítatelo. Total, ya te hemos visto todos desnuda –saltó rápida Julia.
Tampoco era cierto, había sido una invención de Lara. Pero ante mi asombro, la chica se quitó el vestido, dejando ver unas braguitas negras de encaje, que era lo único que había debajo de la prenda.
–¡Eh, los chicos! –gritó alegremente Julia, mientras tironeaba de sus pantalones sentada en una silla–. ¿No pensaréis cambiaros de ropa? Nosotras no vamos a hacerlo…
Jorge no lo dudó un instante, y corrió hacia la piscina vestido únicamente con un slip.
Lara titubeó un momento, se encogió de hombros, y se desprendió de camiseta y falda. Ella, al contrario de Irina, llevaba puesto un sujetador del que prescindió mientras seguía a los otros dos a la carrera.
Román optó por imitar a Jorge. Andrés se quedó parado unos segundos, antes de que su pantalón y camisa fueran a parar al suelo. Pero él no llevaba nada debajo, y su desnudez provocó un coro de risas y chillidos cuando se aproximó a la piscina con su pene erecto precediéndole.
Elena y yo, aún sentados ante la mesa del porche, nos limitábamos a ser espectadores de los chapoteos y persecuciones en el agua azul, y a escuchar las bromas que intercambiaban, algunas de tono subido. Estaba muy seria, y tenía la mirada perdida.
Pareció salir de su trance con un estremecimiento.
–¿No te apetece unirte a los demás? –susurró, mientras me miraba directamente a los ojos.
–Prefiero tu compañía.
–¿Por qué?
Una pregunta sencilla, pero muy difícil de responder. Sobre todo porque yo mismo no lo sabía.
–Porque me encuentro muy bien contigo.
Se quedó pensativa unos segundos. Yo tenía una pregunta quemándome la lengua, pero no me atrevía a hacerla. Porque si su respuesta era la que temía, no podría seguir ya creyendo o fingiendo creer… Me decidí.
–¿De veras Jorge se comporta en la cama como le describió Lara?
Elena estuvo mucho tiempo sin responder, limitándose a mirarme fijamente. Casi podía adivinar sus pensamientos. Pero, si no me equivocaba al suponer qué es lo que ocupaba su mente, ella ya tenía la certeza de lo que yo únicamente sospechaba.
–Sí –afirmó, mientras bajaba la vista.
–Eso solo tiene un significado: el relato de mi mujer no ha sido ficción…
Alzó la vista con los ojos empañados, y me acarició una mejilla.
–Lo siento por ti, Charlie, yo lo sabía desde hace tiempo, casi desde el principio.
«¿Por qué la confirmación solo me producía un leve dolor, y no el ataque de celos que habría imaginado?».
–El es así –continuó–. No le basta conmigo, y Lara no ha sido la única. Lleva bastante tiempo intentando convencerme para ir a un club de intercambios, "sólo a mirar", dice, pero yo estoy segura de que no se limitaría a eso. Lo que ha sucedido esta noche ha sido como una especie de revulsivo para mí. Solo me queda una salida, y es separarme de él.
Una algarabía de voces y gritos llamó mi atención. En la piscina, Jorge mantenía en alto una prenda negra. Solo había algo de ese color entre la ropa con la que los otros seis se habían introducido en el agua: las braguitas de Irina. Y lo confirmaba el hecho de que ésta, pegada al cuerpo del hombre, pugnaba por alcanzarlas riendo a carcajadas.
Contemplé el chorreante cuerpo de Lara emerger por una escalerilla, y dirigirse después a nosotros. Aún conservaba las braguitas puestas, aunque por efecto del agua se trasparentaban, y era casi como si no llevara nada encima.
–¿No venís a bañaros con los demás? –preguntó, a unos pasos de donde nos encontrábamos.
–No, no nos apetece –respondí por los dos.
–¿Te molesta que yo esté con ellos?
–¿Haría alguna diferencia el hecho de que me molestara o no? –pregunté a mi vez en tono caustico.
–Mira, Charlie, no me vas a amargar la noche con tu seriedad y tus prejuicios, otra vez no. Estamos divirtiéndonos entre amigos, y tú –dudó unos instantes mirando a Elena– vosotros, deberíais aunque solo sea por una vez abandonar ese castillo en que os habéis encerrado ambos desde que llegamos aquí, y participar de la alegría de los demás.
Me limité a mirarla sin responder. Finalmente, se encogió de hombros.
–Haced lo que os dé la gana –concluyó, mientras se volvía y comenzaba a andar de vuelta a la piscina.
A unos pasos del agua revuelta por los cuerpos que se perseguían y se abrazaban fugazmente, emprendió la carrera.
–¡Apartaos, que voy! –gritó alegremente, mientras se lanzaba a la pileta.
Cuando emergió, fue atrapada por las manos de Román y Jorge, mientras ella dejaba escuchar su risa. El marido de Elena se sumergió, mientras el otro hombre le sujetaba las manos. Cuando volvió fuera, mostró triunfalmente las braguitas de Lara, entre las palmadas y las risas de los demás. Esta se puso seria un momento, y luego se limitó a dirigir una fugaz mirada en nuestra dirección. Después su rostro recuperó la sonrisa, y se abrazó a Román, intentando sumergirle.
Instantes después, la poca ropa interior que llevaban los seis cuando se lanzaron al agua, estaba desperdigada por los bordes de la pileta. Entre la algarabía general, las tres mujeres pasaron por lo mismo, sin que a ninguna –incluida Lara– pareciera importarle en demasía: uno de los hombres inmovilizaba las manos de una de las chicas, mientras los dos restantes acariciaban el cuerpo de la "víctima", tanto por encima como bajo la superficie. Y las otras coreaban con palmadas y risas la acción, hasta que alguna de ellas era sujetada a su vez, y sometida al manoseo de los otros hombres.
Unos minutos después, los juegos se habían terminado. Ahora había tres parejas estrechamente abrazadas en el agua: Lara y Román, Jorge e Irina, Andrés y Julia.
Los primeros en abandonar la relativa inmovilidad que mantenían –porque las manos continuaban activas– fueron Jorge e Irina. Subieron la escalera ambos completamente desnudos, y se dirigieron a una de las tumbonas, en la que se acostaron frente a frente. Y ahora no estaba el agua para ocultar la mano del hombre, que acariciaba el sexo de ella sin reparo alguno, como si estuvieran solos.
Román elevó a mi mujer tomada de las nalgas (o de la entrepierna, porque las manos quedaban ocultas bajo la superficie) Lara nos dirigió otra mirada, después se volvió y pasó sus brazos en torno al cuello del hombre. Se besaron intensamente. Luego, el cuerpo femenino inició un movimiento de subida y bajada, que no dejaba duda acerca de su causa.
Elena y yo nos mantuvimos en silencio, contemplando con una vaga desazón (al menos en mi caso) lo que estaba sucediendo a unos metros de donde nos encontrábamos.
No hubo palabras, no las necesitábamos. Me puse en pie y tomé una de sus manos, que tenía cruzadas sobre el regazo de su liviano vestido. Estaba bellísima, con su rostro compungido, y dos lágrimas que pugnaban por brotar de sus ojos. Me imitó, y se dejó conducir por mí al interior de la vivienda.
Me detuve pasado el umbral, y la atraje contra mi cuerpo. Hondos sollozos estremecieron sus hombros, y yo besé sus mejillas, notando en mis labios el sabor salado de su llanto.
–Es… asqueroso, Charlie –consiguió al fin articular entre hipos.
–A mí tampoco me agrada verlo, y por eso te he traído aquí.
–Te duele ver a Lara entregarse a otro, ¿verdad?
Lo pensé unos instantes. Me sentía como vacío por dentro, y en esa nada que había en mi interior, no tenían cabida los celos que mis prejuicios me decían que debía sentir. No, la visión obscena de mi mujer abierta de piernas, y de su vagina penetrada por el pene de otro hombre, solo me causaba una honda pena, un sentimiento de tristeza por la vida que había compartido con Lara, que no sería la misma a partir de ahora.
Y de repente mi vacío comenzó a llenarse. De la triste mirada de Elena, prendida en mis ojos. Del contacto de sus senos apretados contra mi pecho. De sus cabellos color miel. De sus labios. De su limpio olor. De sus manos sobre mis omóplatos. De la ligera curva de su vientre oprimido contra mis genitales. Y de algo como un aura que irradiaba de ella y penetraba por todos mis poros, colmando ese hueco en mi interior que había dejado el espectáculo al que nos habíamos sustraído.
Y descubrí que ese inexplicable anhelo que había experimentado los días precedentes de buscar su cercanía no tenía nada que ver con el deseo de hacer realidad la experiencia de nuestra mutua entrega de ficción narrada por ella misma, sino que era algo más hondo. Un sentimiento que me llenaba de gozo y tristeza a la vez.
–Acabo de descubrir algo, Elena. Que me habría dolido más que fueras tú quién se estuviera revolcando ahora con Román.
–Charlie, no digas eso, por favor –susurró, clavando en mí su mirada, en la que pude percibir una esperanza en la que no se atrevía a creer del todo.
–Es lo que siento ahora mismo. Sé, con la convicción con que se saben las cosas importantes, que lo que me causaría un dolor inmenso sería separarme de ti.
Besé sus párpados, y ella se apretó aún más contra mi cuerpo. Su llanto había cesado, y sus manos resbalaban por mi espalda como leves caricias.
–Te amo, Elena –pronunciaron mis labios sin que mi cerebro lo hubiera anticipado.
Nos demoramos solo el tiempo necesario para poner algo de ropa y los útiles de aseo en dos maletas. Cuando volvimos a salir de la casa, esta vez por la puerta principal (desde la que no se veía la piscina) la algarabía de las voces había sido sustituida por un silencio que imaginé que más cerca de ellos no sería tal, sino un coro de gemidos y jadeos. Nos introdujimos en mi auto, y salimos de allí sin volver la vista atrás.
Recorrimos en silencio unos kilómetros. Elena llevaba la vista perdida al frente, con los dedos entrelazados en su regazo, en una postura que era habitual en ella. Tomé una de sus manos, y la llevé a mis labios. Solo entonces me dirigió la vista, y en su rostro había una sonrisa triste.
–¿Qué haremos ahora, Charlie? –preguntó, al borde del llanto.
–Tú ya habías tomado tu decisión, y yo acabo de adoptarla. Dentro de unos días llegará el momento de los reproches y las explicaciones, y tendremos que hacer planes para nuestra vida juntos. Si tú quieres…
Su sonrisa, y la presión de sus dedos en mi mano fue la mejor respuesta.
En contra de lo que había supuesto, sobre todo a aquellas horas, no fue difícil encontrar habitación en un motel de carretera, como a 60 kilómetros de la casa. No era la suite de un hotel de lujo, donde me habría gustado conducirla, pero el establecimiento era de reciente construcción, estaba limpio, y el mobiliario parecía nuevo.
Nada más cerrar la puerta a nuestras espaldas, nos quedamos inmóviles, mirándonos a los ojos. Los suyos estaban empañados, pero no había dolor en su expresión. Le tomé de las manos, y me acerqué muy lentamente a ella. Nuestros rostros se aproximaron muy despacio. Entreabrió los labios, y me perdí en la frescura de su boca.
ELENA.
No se lo había dicho a Charlie, demasiado tenía ya con su dolor, pero lo que estaba sucediendo en la piscina ante nuestros ojos no tenía nada de casual. Cuando invitó a las tres parejas a pasar unos días en nuestra casa, mi marido ya me había dejado claro cuáles eran sus intenciones: tenía el propósito de conseguir llevar a todos a realizar una orgía.
Debí separarme de él en aquel momento. Sus continuas peticiones de que accediera a realizar un intercambio, solo podía verlas de una manera: que contaba conmigo como moneda para pagar la satisfacción de sus lujuriosas fantasías. No le bastaba ya con sus continuas infidelidades, que en algún momento incluyeron a Lara, la esposa de Charlie. Necesitaba algo más para saciar su desenfrenado apetito sexual.
Pero no. Como en mi relato, me estoy mintiendo a mí misma. No me fui porque Charlie era uno de los invitados.
¿En qué momento advertí la atracción que sentía por él? No lo sé. Si sé que cuando me contaron que habían visto a mi marido y Lara entrar en un hotel, y Jorge me confirmó que tenía una aventura con ella, sentí más pena por Charlie que por mí misma.
Los cuatro días a su lado habían sido… Debía notárseme, no me cabe la menor duda. Cada vez que él tomaba asiento a mi lado, mi corazón saltaba en el pecho como el de una colegiala. No quería creer que estuviera sintiendo lo mismo que yo, pero me bastaba con su cercana presencia, con el sonido de su voz. Me sentía… Lara lo había dicho al final: como en una burbuja donde solo estábamos él y yo, y por unos minutos u horas no contaba la sucia realidad, sino el gozo de estar a su lado.
Me dejé llevar. Fue como si algo me impeliera a declarar mi amor por Charlie en el transcurso de mi narración. Había sentido una puñalada en el pecho cuando contó su supuesta infidelidad con Julia (que por unos minutos llegué a creer que era cierta) pero después él me miró a los ojos y tuve la seguridad –que luego me confirmó en un susurro– de que únicamente había sido una invención.
Luego, cuando me tocó el turno después de él, me limité a describir lo que me habría gustado que sucediera en nuestro paseo a solas por la playa. Y me sorprendí a mí misma confesando en público mis sentimientos hacia él.
Por un momento pensé que Charlie entraría en el juego, cuando los demás se desnudaron y se metieron en la piscina, pero tengo que reprocharme ese mal pensamiento. Si lo hubiera hecho, no habría sido el Charlie de quién me había enamorado, el Charlie cuyas opiniones sobre la vida, el amor y la fidelidad habían sido objeto de alguna de nuestras conversaciones en aquellos cuatro intensos y maravillosos días transcurridos en su casi continua compañía.
Ahora no es una ficción. No imagino sus labios sobre los míos, es real, y estoy disfrutando del contacto. Las manos que nunca antes de esta noche se habían posado sobre mi cuerpo están en mi cintura. Siento la presión de su pecho en mis senos, que de nuevo, como en mi narración, anticipan en la sensibilidad de mis pezones erectos la caricia de su lengua.
Se ha apartado de mí unos instantes, solo para quitarse la ropa. Y no me encuentro violenta por ello; me parece tan natural como el respirar contemplar su cuerpo desnudo, ese cuerpo que he anhelado en mis noches de frustración tras ser usada por Jorge, mi marido, a veces sin hallar en ello placer alguno.
Ansío corresponderle. Mis manos descorren la pequeña cremallera en la parte posterior de mi vestido, deshago el nudo que cierra en mi nuca las cintas que mantienen el escote en su sitio, y permito que resbale hasta que queda arrugado en torno a mis tobillos.
No siento ningún pudor, aunque está recorriendo todo mi cuerpo con los ojos brillantes. He bajado también mis braguitas hasta el rebuño de ropa a mis pies, y me muestro ante él completamente desnuda. Y tampoco, como había anticipado, tiemblo nerviosa en su presencia. Solo siento el anhelo de entregarme en él, de conocer su amor.
Vuelve a tomarme en sus brazos, y sus besos me queman, pero al mismo tiempo son como una especie de bálsamo que calma mi dolor.
De nuevo se separa de mí, y su mirada acaricia todo mi cuerpo. Y en este momento no hay nada que me impida contemplarle a mi vez. Su rostro, ahora muy serio, con sus ojos brillantes prendidos en mi cuerpo. Sus brazos apenas cubiertos por un vello no muy denso. Sus hombros, su pecho musculado aunque sin exageración. Su vientre plano. La erección que muestra sin complejos, aunque advierto que no tiene mucho que ver con mi descripción durante el juego: lo había imaginado menos largo, y el prepucio cubre en gran medida el glande, del que asoma solo el extremo.
Tengo que contener el fuerte impulso que me lleva a tomarlo entre mis manos, porque es la primera vez que nos encontramos, y tiemblo ante la idea de provocar su rechazo si me muestro demasiado lanzada. Pero no son solo mis dedos los que se mueren por sentir su contacto: también mis labios están anhelando besar su orgullosa masculinidad enhiesta.
Me eleva entre sus brazos como si fuera una pluma, y me deposita cuidadosamente en la cama, con infinita delicadeza. Tiendo mis manos hacia él, pero no experimento únicamente la urgencia de sentirle muy dentro de mí. Deseo también el contacto de su piel, y me muero por sus besos, que son para mi dolor como la primera lluvia de otoño, que arrastra toda la suciedad, y refresca el ambiente.
¡Dioses, sus besos! Ha posado sus labios tras uno de mis oídos, y el contacto me enerva. No puedo evitar que mi cuerpo se tense y que mi pubis se eleve, ofreciéndome a él. Está recorriendo ahora mi barbilla. Desciende por mi cuello, depositando en él besos suaves…
¡No puedo más! Su lengua lame delicadamente el hueco bajo mi garganta, y otra vez sus labios descienden por mi pecho, y se posan en uno de mis senos. Siento un estremecimiento en todo el cuerpo cuando atrapan uno de mis pezones, y se demoran sobre él, en una exquisita tortura.
Noto perfectamente la humedad entre mis piernas. Mi sexo está preparado para recibirle… ¿Qué digo? Todo mi cuerpo anticipa el instante en que será mío al fin, después de tanto tiempo deseándolo.
Los pequeños roces de su boca en mi vientre y mi pubis me están llevando al mismo borde del orgasmo. Quiero que descienda aún más. Deseo sentir sus labios sobre mi sexo, y separo aún más los muslos, deseando el contacto.
«¿Dudas? ¿No ves que me muero por tus caricias?»
Solo lo pienso, y quisiera gritarlo, pero no me atrevo. Me siento entre sus brazos como una quinceañera que aún no conoce el gozo de entregar su cuerpo.
Besa mis ingles, y de nuevo todo mi cuerpo se tiende hacia él, sin que pueda hacer nada para evitarlo, aunque quisiera.
Me mira intensamente. No sé lo que piensa, no me importa. Me basta con contemplar su rostro como trasfigurado, que no sonríe como suele, y en el que mi ansia quiere ver reflejado un amor tan profundo como el que yo siento. Y sus ojos clavados en los míos.
Un escalofrío me recorre por entero cuando al fin sus labios se posan en mi vulva. No solo el ligero bozo de mis brazos y muslos, sino también el cabello en mi nuca se eriza con el contacto. Y de nuevo me elevo hacia él. Quiero darme entera, que no haya nada en mi cuerpo ni en mi alma que no tome, porque deseo entregárselo todo.
El orgasmo es como una explosión, y en él participa todo mi cuerpo, no solo mi sexo y mi vientre. Me debato sin avergonzarme por ello. Gimo sin sentir ningún pudor, y cuando al fin el crescendo de sensaciones llega al límite más alto, grito. No puedo expresarlo con palabras, pero en ese grito están todo el amor que me embarga, y la expresión del placer más intenso que he experimentado nunca.
Cuando vuelvo en mí, él está depositando suaves besos en mis mejillas, mientras sus dedos acarician mis hombros. Quiero recompensarle. Le empujo suavemente con una mano, hasta que queda tendido en la cama, y me arrodillo a su lado.
Igual que él hizo antes conmigo, deposito besos leves en sus hombros y su pecho. Y como en mi relato, siento los pequeños botones oscuros de sus tetillas duros bajo mis labios. Mi boca desciende por el vello de su pecho, hasta posarse en su vientre.
Dudo, con su hermoso pene a centímetros de mis ojos. Por fin me atrevo, y mis dedos entran en contacto con la suavidad de su piel, y las venas que sobresalen inflamadas. Y poso en él mi boca. Ahora es Charlie quién se estremece por mis caricias, y me embarga una sensación de gozo al contemplar su placer.
Mis labios llegan a sus testículos inflamados, y puedo sentir en ellos la dureza de las bolsas seminales repletas. Mi mano inconscientemente ha descendido, y su glande es ahora visible.
No puedo esperar un instante más. Necesito desesperadamente sentirle dentro, que su hombría me llene y me conduzca de nuevo a la cima del placer.
Me tiendo sobre él, y mis manos pasan bajo su cuello, atrayéndole contra mis senos sensibilizados al máximo. El no se apresura a penetrarme, como en mi fiebre estoy implorando silenciosamente. De nuevo besa mis párpados, mis pómulos, mis mejillas, mis labios… Deslizo lentamente mi lengua en el interior de su boca, y la enredo con la suya.
«¡Por favor, tómame! ¿No ves cómo te deseo? –grito silenciosamente, porque no puedo hablar, mi boca está apretada contra su boca, probando su saliva, y llenándose de su aliento»
El, por fin, parece haber percibido el ansia que me llena. Su mano se introduce bajo mi muslo, y conduce a tientas su pene. Siento el contacto de su glande en el ano, desciende por el periné, resbala por el interior de mi vulva, entre mis labios mayores turgentes, y se posa al fin en la entrada de mi vagina.
Se queda inmóvil, pero mi deseo no me permite demorarlo más, y empujo hacia abajo con las caderas en tensión. Siento su erección penetrar poco a poco en mi conducto. Contraigo los músculos, no para impedirle la entrada, sino para abrazar también esa parte de su cuerpo.
Se detiene unos instantes. Me dirige una mirada amorosa, y su pene recorre el resto del camino en mis entrañas. Nunca me he sentido así. Es la sensación de mi vagina dilatada, pero no únicamente. Todos los poros de mi piel se impregnan del amor que expresa su mirada y que emana de todo su cuerpo, y por primera vez en mi vida me siento mujer de verdad, me siento amada, y querría que el tiempo se detuviera, y seguir experimentando para siempre esta sensación.
No solo es mi alma la que está gozando la intensidad del momento. Mis instintos reclaman también la satisfacción de mi deseo físico, y mi pelvis inicia un movimiento de subida y bajada. Su pene se desliza con él por el interior de mi conducto, y cada vez que está a punto de abandonar mi interior, los músculos de mi pelvis se tensan nuevamente para impedírselo.
Estoy muy cerca ya del clímax. Las contracciones irradian desde mi sexo a todo mi cuerpo, comenzando por el vientre. El se aferra a mi espalda con los dedos engarfiados. Sus besos se hacen urgentes. Toda la parte inferior de nuestros rostros está impregnada de saliva, como mi sexo lo está del flujo de mi extrema excitación.
Una nueva contracción me lleva a tensarme, y entonces es él quien comienza a contraer y relajar las caderas rápidamente.
Las sensaciones son cada vez más intensas. Creo que he llegado al clímax, pero entonces una nueva convulsión me recorre por entero. Estoy gimiendo de nuevo inconteniblemente. Mi cuerpo está ahora como paralizado, y todos mis sentidos se concentran en el deslizamiento de su pene en mi interior, y en el roce en mi clítoris, que irradia a modo de corrientes eléctricas que me recorren toda entera.
Noto las pulsiones de su pene muy dentro de mí, percibo su jadeo en mi boca, y mis ojos se llenan con su rostro trasfigurado por el placer. Y entonces me dejo llevar. Viene una contracción aún más intensa, y otra… Pienso que ya ha terminado, pero entonces todo mi cuerpo se convulsiona, grito sin poder evitarlo, y mi espalda se envara, y un estremecimiento más fuerte aún me lleva más allá del límite del mayor placer que haya experimentado nunca. Luego pierdo por completo el control sobre mi cuerpo, se me nubla la visión, y quedo desmadejada sobre el cuerpo de Charlie. Mi amante. Mi amor.
«La pequeña muerte, le llaman. No es así, es vida. Es la sensación más intensa que el ser humano puede experimentar, y más intensa aún cuando la compartes con la persona que amas –pienso, mientras enredo mis dedos en sus cabellos, y siento sus besos leves como plumas en todo mi rostro».
El sonido del teléfono móvil de Charlie sobre la mesilla me saca de la especie de trance en que estoy sumida. El lo mira, pero no hace intención de tomarlo. Se calla al fin.
Sonríe, y es casi tan hermoso contemplar su sonrisa como lo ha sido el acto de amor que acabamos de compartir.
El teléfono vuelve a sonar. Esta vez Charlie sí lo coge, pero solo para oprimir el botón de apagado.
–¿No respondes? –le pregunto, y él sonríe.
–Solo hay en el mundo una persona con la que quiera hablar en este momento, y eres tú.
Y me besa de nuevo.
Como tantas otras bodas, la mía se celebró en el pueblo de mi novia. Cogí unos días de vacaciones antes del evento, y acordé con mi chica, Ana, pasar una semanita en casa de sus padres hasta el día de la boda. Yo estaba entonces superenamorado, creía que era la mujer de mi vida y que seríamos siempre felices.
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Han pasado ya 10 años, sigo enamorado y soy muy feliz a su lado. Tenemos 3 hijas maravillosas y un largo futuro juntos por delante. Sin embargo, durante esa semana previa a la boda ocurrió algo que pudo poner en peligro mi boda, mi matrimonio y mi felicidad futura.
Sábado por la tarde, era el segundo día que pasábamos en su casa, y esa noche teníamos pensado salir un rato a tomar unas copas y bailar. Nos apetecía mucho porque llevábamos todo el año saliendo los dos solos, y queríamos salir con más gente, aunque fuera con sus amigas y algún novio de ellas. Pero esa tarde a mi novia le vino el periodo. Hay mujeres que el primer día de regla se encuentran tan mal que no pueden hacer prácticamente nada, las mujeres a las que les pase algo parecido lo comprenderán. Mi novia era una de ellas, y pese a que tomaba de todo, sus molestias y dolores eran muy fuertes.
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Cariño, me dijo, creo que no voy a poder salir esta noche. Me sabe mal, pero es que me duele mucho…
No te preocupes amor mío, ya saldremos otro día, le contesté yo, con una mirada tierna mientras le daba un beso suave. Ella estaba tumbada en el sofá, y yo permanecía de rodillas en el suelo, acariciándole el pelo como le gustaba.
Nooo, cariñoooo, ¡estabas deseando salir! Yo quiero que tú salgas, me dijo con cara de pena.
Pero peque, yo quiero quedarme a tu lado, ¿cómo voy a salir y dejarte aquí así? Además, me aburriría…, protesté.
Mira, esta noche saldrás con mis amigas. Son muy majas, y ya las conoces de la otra vez. Y lo guay es que al final salen solas porque sus chicos están en una despedida de soltero. Me alegro porque son un poco burros, siempre andan en broncas, me dijo contenta.
Me quedé pensativo, no quería dejarla así, además ¡hacía años que no salía sin ella!
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Sal, sal, por favor, por favor, quiero que salgas y te diviertas por mí, me insistió.
¡Pero es que encima tus amigas me caen fatal!, le dije.
Venga, no digas eso, que ellas te aprecian mogollón, les caes genial, ya verás como te cuidan… Piénsalo, 4 chicas para ti sólo ehhh!, dijo bromeando.
Venga, vale, saldré a tomar una, pero en cuanto me aburran me vengo a tu lado.
Vale, amor, ahora le envío un mensaje a Patricia para que te esperen en su casa.
Además, sólo de pensar que me estás esperando en casa con la cama calentita ya me dan ganas de volver… dije, mientras frotaba mi nariz contra la suya.
Ay!, ¡pero qué tontito eres!, me dijo ella dándome un besito mientras me cogía la cara con ambas manos, como una madre.
Después de cenar me empecé a preparar para salir. Ana insistió en que me duchara y me afeitara, me arregló las cejas (con lo que me jode eso), me cortó las uñas, y me escogió la ropa que me pondría esa noche.
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Joder, Ana, déjalo, ¡que ya sé ponerme los calzoncillos sólo!, protesté al verla agachada abriendo mis gallumbos e intentando que levantara un pierna
Ay, es que vas a estar más mono… quiero que te vean guapo, dijo, y me dio un beso en la mejilla. – Venga, pues vístete tú sólo, ala!, te espero en la sala. Y salió.
Tanta preparación me puso hasta nervioso. Me apetecía un carajo salir con 4 chicas, a cada cual más estúpida y superficial.
Bien, ahora sólo falta el maquillaje, dije irónico saliendo del servicio.
¡Qué tonto eres!, dijo Ana sonriente, - Y qué guapo estás amor… Me estoy arrepintiendo de dejarte salir con esas zorras…
Bueno, si quieres yo…
¡Que no tontorrón! ¡Que es broma!, dijo ella cachondeándose. - Sal y diviértete, continuó, mientras me rociaba con un perfume. - ¡Listo!
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Después de ayudarle a meterse en cama, darle un gran beso y decirle que le quería mucho y que volvería pronto, salí de casa, me subí al coche, e introduje la dirección de Patricia en el GPS. Llegué a la casa, tenía la puerta abierta así que entré pues supuse que me estarían esperando (- ¿Hola???? dije, - Pasa, pasa, escuché que me decían desde una habitación). Al entrar, vi que yo era el último en llegar.
¡Holaaaaa!, gritaron encantadoras las 4 Gracias, poniéndose en pie
Hola, ¿qué tal?, dije yo nervioso.
Yo soy Patri, ¿te acuerdas de mí?, dijo una dándome dos besos.
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Y así las cuatro: María, Victoria y Cristina. Me parecía que iban todas parecidas (- Será la moda, pensé). Las 4 vestían con minifalda, muy cortas (A Victoria, la más alta, le hacía el efecto falda-cinturón), sin medias, y con zapatos de tacón. Arriba, camisetas sin sujetador por debajo. Decir aquí, que si una mujer hiciera esta misma descripción, lo que para mí es ir todas iguales: faldita, tacones, camiseta…, seguro que desde un punto femenino las diferencias son abismales: una camiseta es así, la otra asá, una faldita es ceñida, la otra tiene vuelo, los zapatos no tienen nada que ver unos con otros… bla bla bla. Para mí iban todas iguales, y los hombres tenemos una palabra para definir esa manera de vestir: ir como putones.
Sírvele a Isma (- Sí, me llamo Ismael) una copa Patri, dijo María.
Sí, tienes que correr, que nosotras ya vamos por la segunda, dijo Victoria.
Estás muy guapo, dijo Cristina
Sí, es verdad, dijo María
Es la camisa, te queda genial, dijo Patri
Venga chicas, dejadle, el chaval es guapo y punto, dijo Victoria. Y todas rieron. Tuve un subidón de autoestima.
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Empezamos a hablar de mi boda, mis planes con Ana, si quería niños, y un montón de cosas. Me sentía bien con ellas, me servían las copas, me preguntaban todo el tiempo si quería algo más, me trataban como un rey. No paraban de sonreírme y de reírse con mis tonterías y mis exageraciones sobre la planificación de la boda, el futuro etc.
Las copas seguían bajando. Yo seguí siendo el centro de la conversación, y todas se "peleaban" por hablar conmigo. Me sentía el único gallo del gallinero.
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¿Y si dejamos de hablar y jugamos a algo?, gritó de repente Patri.
Tú siempre con tus juegos. Vayámonos a una disco y deja a Isma en paz con tus juegos chorras, le recriminó Victoria.
Bueno, yo estoy guay, por mí nos quedamos, les dije. Y era verdad, me lo estaba pasando genial hablando con ellas, estaba desinhibido y muy a gusto.
¿Ves imbécil?, le dijo Patri. Ya llevábamos unas cuantas copas...
MMMMMM, le gritó Victoria sacándole la lengua. - Pues a ver lista, ¿cómo jugamos?, continuó
Pensó unos segundos, cogió dos dados y dijo: Tias putas con webcams en vivo - click aquí
Tiraremos cada una los dados. La que saque la tirada más alta le ordenará a la de la tirada más baja que haga algo con Isma como parte de la prueba.
Mi cerebro tardó unos segundos en asimilar lo que había oído; no así mi polla que reclutó en un segundo la sangre suficiente como para construir una tremenda tienda de campaña en mi pantalón.
Me parece una chorrada, ni que fuéramos chiquillas, dijo Victoria criticando nuevamente a Patricia.
Puede estar bien, dijo Cristina mientras María asentía.
¿Qué dices chaval? ¿Te deja tu mamaíta jugar con cuatro chicas como nosotras???, me dijo Patricia en un tono que provocó la risa de todas.
¡Pues claro!, dije yo chulo y sin pensarlo… De hecho no me había acordado de mi preciosa Ana en toda la noche.
Pues venga, ¡tiro yo primera! ¡Un siete!, dijo Patri tomando la iniciativa. Victoria sacó un tres, María un cuatro y Cristina un nueve.
Ganaba Cristina y perdía Victoria. Tias putas con webcams en vivo - click aquí
Bien, bien, decía Cristina saboreando el poder. – ¡Quiero que le comas el cuello, como una perra en celo!, y todas rieron excepto Victoria.
¿Pero qué dices tía? ¡tengo novio!, y si Ana se entera me mata también, ¿estás loca o qué?, exclamó Victoria.
Ni Ana ni tu novio se van a enterar, ¿a que no chavalote?, me dijo Patri mirándome fijamente.
No, no, dije yo, tremendamente excitado. – Además, es un juego.
Eso, eso, tía, es un juego, confirmó María.
Está bien, pero mañana no jodáis con las bromitas, dijo Victoria poniéndose en pie.
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Yo estaba sentado en el suelo con las chicas y al verla acercarse me puse como un burro, ya la tenía dura pero ver que este juego iba en serio me la puso aún más. Se acercó de lado, y se arrodilló, yo seguí mirando al frente sonriendo nerviosamente. Veía la cara de las otras tres, que no apartaban la mirada, profundamente excitadas con la boca semiabierta. Noté los labios de Victoria en mi cuello mientras vi a María silbando instintivamente, alucinando. Victoria empezó a darme besos suaves por mi cuello. Estuvo así un rato, hasta que noté su lengua, lo que me provocó la primera palpitación en mi polla. Brinqué, y Cristina lo notó:
Victoria, ¡le estás poniendo como una moto!, gritó Tias putas con webcams en vivo - click aquí
A Victoria le gustó escuchar aquello porque aumentó el ritmo de sus lamidas en mi cuello, y me sujetaba la cabeza con una mano para que no me moviera. (¡Qué gusto me daba la zorra!)
Ya vale, ya vale, decía Patri mientras apartaba a Victoria de mi cuello, y ella intentaba seguir chupando.
¿Qué tal?, dijo Cristina, - ¿te ha gustado el regalo que te mandé?
Uf, sí, ha estado MUUY bien, dije sin contenerme. La polla iba a reventar mi pantalón.
Nueva tirada. Ganó nuevamente Cristina y perdió María. Le ordenó que me morreara. Me dejé nuevamente. María me metió la lengua hasta la campanilla y me morreó con unas ganas que parecía que nunca lo hubiera hecho. No parecía una orden desde luego. Sabía por mi novia que María estaba casada y que estaba embarazada de 3 meses. Eso multiplicó por dos las sensaciones que me provocaba con su lengua.
Nueva tirada. Ganó María y perdió Patri. Tias putas con webcams en vivo - click aquí
¡Quiero que hagas que Isma te chupe las tetas! Le ordenó
Patricia se acercó a mí sin dilación, y se sentó encima de mí, notando toda mi tranca dura en su sexo. Yo noté sus braguitas empapadas.
Caray! ¿Qué tienes aquí?, dijo palpándome la polla- Joder tías, el cerdo está cachondo.
Dijo cerdo de una manera que me puso a mil. Ella se levantó la camiseta por delante, no llevaba sujetador como había imaginado, y acercó una teta a mi boca. No hacía falta que me empujara, porque empecé a lamerle inmediatamente, pero lo hizo. Eso me gustó más. Y a ella, que no se contuvo, y empezó a gemir en alto, sin importarle la compañía. Me fue pasando de una teta a la otra cada vez con más ímpetu, como una animal, parecía en celo. Creo que lo estaba. (- Vale, valeeeeee, gritó María, que lo vas a matar).
Estoy muy puta, pero muy puta, me susurró al oído Patricia antes de retirarse.
La siguiente tirada la ganó Patricia y perdió Cristina Tias putas con webcams en vivo - click aquí
¡Por fin! Gritó Cristina al ver el resultado, y se puso la mano en la boca, dándose cuenta de lo que acababa de decir. Reímos todos.
Ya que estás tan caliente, empezó a hablar Patricia, te clavarás su polla y permanecerás sin moverte 10 segundos.
UFFFFF, suspiramos todos. Yo creo que todos tuvimos una contracción en nuestros sexos al oír la orden.
Qué bien, así veremos su polla, dijo la sonriente Victoria.
Por mi parte dicho y hecho, me levanté. Me bajé los pantalones y dejé al descubierto la tienda de campaña que formaban mis calzoncillos (-GUUUAAAAU, gritaron todas). Me bajé los calzoncillos también de golpe (- OLEEEEEE, gritó una), todas exclamaron y me aplaudieron.
Vaya tranca calzas, chavalote, dijo Patricia moviendo la mano. No era verdad, era normal, pero estaba tan cachondo que la tenía como nunca.
Sí, y durante 10 segundos es sólo mía, dijo Cristina levantándose y viniendo hacia mí decidida. Aún de pie, se quitó el tanga (- Guaarraaaa!!! Le gritó María), y lo tiró hacia el techo rememorando aquel viejo chiste, que contaré en otro momento. A diferencia del chiste, y pese a que el tanga estaba visiblemente empapado, no se pegó al techo.
Sin decir más, se sentó sobre mí, sin metérsela, y colocó las piernas. Yo notaba su sexo abierto y lubricado, me abrazaba la polla con sus labios vaginales en esa postura. Me ponía a mil, deseaba introducirle mi varita. (- ¡Cristina, Cristina, Cristina!, gritaban todas, dando palmadas)
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Una vez a gusto, se incorporó sobre sí misma, me cogió la polla con la mano por la base, y se la metió de golpe (- UUUUUGHHH!, gritó, y al mismo tiempo las demás: ¡BIEEEENNN! y aplaudían). Yo noté una electricidad que recorrió mi glande hasta la base de la polla en ese segundo que duró la introducción, y que luego continuó directamente hasta mi cerebro (AAAAhhh!, no pude dejar de exclamar). Se quedó ahí parada, obediente, gemía sólo para mí, en mi oído (- Uno!, dos!, tres!, contaban las otras tres). Notaba su coño contraerse en mi polla (¿lo haría a propósito la zorra?) y mi verga palpitaba y palpitaba pidiéndole movimiento a sus caderas. Pasados los 10 segundos se retiró cumplidora, dejándome la polla lubricada de sus jugos.
Volvió a su asiento mientras chocaba las palmas a sus compañeras. El alcohol no había dejado de correr en toda la noche y ya estábamos totalmente idos.
¿Qué os parece si jugamos a otra cosa más… "arriesgada" chicas??, dijo como siempre Patri, la que siempre tomaba la iniciativa.
Eh eh, que yo también quiero jugar, protesté.
Sí, sí, si tú eres parte del juego chavalote, respondió (-Bien, bien, pensé)
Venga, explica la nueva chorrada, dijo Victoria, nuevamente criticando a Patricia.
Empezó diciendo que yo me había portado muy bien, pero que no podían seguir haciéndome sufrir tanto. Propuso que me la mamaran cada una durante 30 segundos, al término de los cuáles otra continuaría chupando. A la que le tocara la eyaculación, tendría que joderse y tragarse todo.
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¡YO PASO!, gritó María, que tú seas una puta no quiere decir que las demás los seamos. No se lo hago a mi marido, se lo voy a hacer a éste.
No es para tanto, a mí me gusta el semen, está rico, dijo Patricia
Eres una rajada María, defendió Cristina, - Mira, yo tampoco lo he hecho nunca pero bueno, es un juego tía, y lo voy a hacer, y si me toca, pues me jodo.
Y yo, dijo Victoria. – Tampoco se lo hecho nunca a mi novio, ¡y ni siquiera me gusta tocar el semen!, pero tía, no soy una aguafiestas como tú, dijo esta vez recriminándole a María.
Sois unas putas. Lo haré, pero os juro que os parto la cara si mi Luis se entera de esto, concluyó María
¡Venga pues!, ¡arriba chavalote!, me dijo Patri.
- Pero bueno… , pensé. Nadie me había preguntado si yo quería jugar a esto… Y me levanté.
¡Empiezo yo misma!, dijo Patri
No, no, que al principio no se va a correr. Lo echamos a suertes, dijo María.
Empezó Cristina a chupármela. Era la más gordita de las cuatro y la que más cara de chupapollas tenía. Llevaba los labios de un rojo intenso. Al notar su boca deslizándose hasta la base noté una electricidad y creí que me correría con ella. Pensé en otra cosa para que durara. Movía la mano y se desplazaba despacio mojándome todo. Lo hacía despacio y muy bien. Le pasó mi polla a Patricia que rápidamente se la metió hasta el fondo (- Esta sí que tiene hambre, pensé). Me la comió como una actriz porno, gesticulando un montón, y moviendo muchísimo la cabeza. Tuve que concentrarme en no correrme porque lo hacía de puta madre.
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Después vino Victoria, la protestona, parecía inexperta, aunque la palabra para describir su mamada fue "dulce". Me dio un placer especial difícil de explicar por lo despacio y suave que lo hacía, y me dejó un buen sabor de boca. Después vino María, que me la mamó rítmicamente moviendo la cabeza rápido arriba y hacia abajo acompañándose de la mano. Era monótono, parecía que me estaba ordeñando, pero con su boca comprendí que no tardaría mucho en correrme.
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Después de 2 rondas aguantando, elegí a Patri mentalmente como la mejor mamadora, lo cual confirmaba mi teoría de que la que tenía una apariencia más puta, era la más puta. Decidí que sería su boca el receptáculo de mi semen.
Y así llegó la boca de Patri, que empezó con sus movimientos mamatorios de actriz porno. Se movía como una zorra (- AAAAhh, no podía reprimir mis gritos). A los 5 segundos, ella notó como me venía. E hizo algo sorprendente. Empezó reduciendo las mamadas y la presión succionadora. Más y más despacio (- Dioooos, ¡me mata!), ella no quería que me corriera (- ¡Y yo quería!). Faltaban sólo 5 segundos para pasar mi polla y empezó nuevamente la mamada como antes (- ¡La muy zorra me está preparando para la siguiente!).
- ¡Me voy a correeer!, grité
- Aquí tienes, le dijo Patri a Victoria con una sonrisa en la cara, una vez pasado el tiempo.
Tias putas con webcams en vivo - click aquí Victoria se la metió en la boca, y empezó chupando despacio, intentando aguantar mi corrida. No pudo hacer nada porque Patricia me había dejado en un camino sin retorno. Exploté en su interior. Las otras supieron estaba eyaculando, no sólo por mi grito atronador, sino por los ojos de Victoria que se tornaron en blanco al notar el primer chorro agrio (- Bieeeeeen, aplaudieron todas, - JAJAAJA, Patri se descojonaba). A Victoria le dio una arcada, pero continuó con la boca quieta, recibiendo mi segundo chorro. Con este, se fue un poco hacia fuera, y tuve que agarrarle la cabeza (- No te escapas perra, pensé). Cristina también me ayudó (- Hasta el final, hasta el final, le decía como una madre que le dice a su hijo que se acabe toda la cena).
Acabé rendido y me senté nuevamente en el suelo.
¡Buag! ¡qué asco! Dijo Victoria tragando el semen que conservaba en la boca
¡Venga ya!, le dijo Patri, pasándole la lengua por la comisura de los labios.
¿Pero estás loca tíaaaaa????
Calma, calma, gritó María. –Venga Victoria tranquilízate, ¿a que también te lo has pasado bien? Todas lo hemos hecho, así que ya está. El mal sabor se va en seguida.
Bien chicas, dije yo (hacía mucho que yo no decía nada). – Ahora me toca a mí decir el juego.
¡Coño! ¡Si sabe hablar!, dijo Cristina sonriendo
Bien chicas, continué. – A estas alturas tendréis vuestros coñitos palpitando y las rajitas empapadas.
Un poquito bastante, dijo María
Yo lo que quiero es follar con alguien YA, dijo Patri.
Tranqui, tranqui, dije.
Propuse lo siguiente: jugarían a los chinos, la que ganara de las cuatro recibiría una comida de coño por mi parte. Yo me acostaría y me dejaría follar la boca (Vi a alguna estremecerse cuando dije esto). Las otras tres se masturbarían viendo la escena.
Yo no sé jugar a los chinos, dijo Cristina
Yo tampoco, - Ni yo, - Ni yo, dijeron las otras tú
Pues da igual, a la tirada más alta, ¡a tomar por culo!, dije
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Cogieron los dados y sin tanta tontería se resolvió el asunto. ¡Ganó Patri!, que dio un salto de alegría como nunca, poniendo una cara de desencajada de la hostia (-¡Coño qué suerteeee! ¡AAAAh, qué ganas de frotarme con tu boca CABRÓN!). Me asusté un poco, estaba salidísima. Se incorporó de un salto, se quitó el tanga corriendo, y avanzó hacia mí como una leona. Casi se cae por el camino. Al llegar junto a mí, se abalanzó y me tumbó en el suelo. Sin mediar palabra, se arrodilló en mi cara y me posó toda su mojada raja en mi boca. Se escuchó un "chof" en el movimiento. (--AAAH, AAAAH, gemía) y se movía a lo bestia, hacia delante y hacia atrás encima de mi boca. Apenas podía mover la lengua, de lo que me aplastaba la tía, de hecho apenas podía respirar. Yo movía la lengua muy, muy poquito, y ella se frotaba.
Debajo, soportaba que se me follara, mientras escuchaba los gemidos de las otras, que se estaban masturbando. Diferenciaba 4 gemidos diferentes; escuchar a cada una su "gritillo" particular me produjo cierta gracia.
Mi usadora no me dejó desconcentrarme mucho, porque rápidamente me cogió la cabeza por la nuca y me levantó, con lo que mi sensación de opresión contra su chocho aumentó aún más. Me estaba comiendo todo su sexo y tenía la cara empapada. (-Así, asiiiiií, lame cabrón, ¡lame!). Y lamí y lamí lo que pude, concentrándome en su clítoris por donde pasaba la lengua todo lo que me permitía la opresión a la que estaba sometido (- Me voy a correr ya, ¡me corro en tu cara cabrón! AAAAH). Y noté por sus movimientos compulsivos como se corría con un orgasmo infinito.
¿Todas satisfechas? Dije al quedar libre
Uf, ha sido el mejor dedo de mi vida, dijo Cristina. – Menuda escena nos habéis dado. Tias putas con webcams en vivo - click aquí
Esto último me la había puesto nuevamente morcillona. Ellas lo notaron en seguida.
Tío, estás otra vez "empalmao", dijo María
Sí es verdad, no podemos dejarte así… dijo Victoria bromista.
¡Pues lo tenemos fácil! Dijo Patri nuevamente. -¡Nos lo follamos!
Y mi polla lo oyó pues aumentó el ángulo de inclinación, como si una palanca en el techo fuera tirando del glande hacia arriba. Tias putas con webcams en vivo - click aquí
Joder tías, yo creo que ya es demasiado, dijo Cristina. -Ana se va a enfadar la leche.
Tú eres tonta, ¿no pava? ¿Tú crees que con lo que hemos hecho no se va a enfadar ya?, le dijo María, haciendo reflexionar a Cristina.
Después de todo lo que ha hecho Isma para que lo pasemos bien, lo menos que podemos hacer es eso: si quiere follar, joder, ¡dejémonos follar!, confirmó Patri.
Venga, sacad el condón, dije yo. No quería que se lo pensaran demasiado, quería aprovechar mi oportunidad de tirarme a alguna. Estaba caliente, y ellas también, no iba a dejar que se enfriaran.
Ninguna tenía preservativos (- ¡Mierda!). Tias putas con webcams en vivo - click aquí
Mira tía, dijo Cristina por fin pensando y mirando a María, - ¿tú estás preñada no? Pues puede follarte a ti, y correrse sin problemas en tu coño. Y tú Victoria tomas la píldora, nos lo dijiste el otro día…
Ya pero yo paso, dijo Victoria. Ya estoy harta de quedar como una tonta esta noche. Se me ha corrido en la boca, paso de que se me corra también dentro.
Es verdad María, dijo Patri. – Tienes que ser tú.
¡Sí hombre! ¡Yo estoy casada pavas!, protestó María, - qué morro, pedirle a una amiga que se deje follar así sin más, ¡como vosotras no ponéis el coño…! ¡No te jode!
Buah, yo lo pondría sin problemas, le recriminó Patri.
Con esta conversación mi polla concluía su "puesta a punto". Ya estaba como una roca de nuevo y sólo quería descargar. Me daba igual con cual.
Mirad chicas, dije, - estoy tan salido, que con 5 minutitos ya me vale… Si queréis además, puedo correrme fuera. Tias putas con webcams en vivo - click aquí
No, eso es peligroso para las que se pueden quedar embarazadas, dijo Victoria. – Lo ideal es que María deje de ser la egoísta que es siempre y se deje.
Eso, dijeron las otras dos
¡Está bien, zorras!, callad ya, dijo por fin María. – Jamás pensé que estar embarazada me costara que se me follen. Me debéis una.
Se tumbó en el suelo con cara de mala hostia. Se subió la falda y se deslizó el tanga que aún llevaba puesto, quedándole en los tobillos.
Venga, vaaaaaa, me dijo entonces María, metiéndome prisa
No le hice esperar, fui hacia ella con rapidez (- Dale bien fuerte, me susurró Patricia). Me tumbé encima de ella y retiré el tanga para poderme poner en medio de sus piernas. Disfruté la sensación de tenerla entregada. La miraba, deseoso, me ponía a mil pensar que estaba embarazada y que yo me la iba a tirar. En esos instantes me movían sólo mis instintos, no me acordaba de mi prometida, ¡quería follarme a esta guarra!
Lo estás disfrutando eh, me dijo María mientras yo le abría las piernas. – Menuda cara estás poniendo cabrón.
Sí, te tengo ganas, le dije. – Vas a saber lo que es que te follen con ganas.
Se la metí de golpe, hasta los cojones, provocando que gritara como una perra y a la vez los gritos de ánimo de sus compañeras, que animaban enloquecidas (- ¡ISMA, ISMA, ISMA!). Sus gritos me animaban y hacían que mi mete-saca fuera rápido y fuerte. Mis embestidas hacían que el cuerpo de María subiera hacia arriba y hacia abajo en el suelo. (- AAAAH, OOOH, gemíamos los dos).
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¿Follas así a tu Anita??? ¿Esto es todo??
No, puta, me la follo ¡ASÍ! UMMM. Y empujé tan fuerte que le puse los ojos en órbita.
Ahhhh!, siiiií, eso está mejor, chilló provocando el aplauso de las chicas.
(-¡Que se corra! ¡Que se corra!, coreaban ahora todas). Notaba que la leche me subía ya y que pronto explotaría en su interior. La cogí del culo, levantándola ligeramente, con lo que hacía la penetración más profunda. El placer era intenso. (-Uf, ¡cómo me follas, cabrón!, y seguía gimiendo).
Uf, no aguanto más, ¡me voy a correr enseguida!
¡Córrete cabrón! ¡Lo estás deseando! Me gritó. Tias putas con webcams en vivo - click aquí
Que me llamara cabrón me excitaba al máximo. Me la follaba con ganas, como un perro en celo. El alcohol y las chicas animando al lado me habían vuelto loco, parecía un demonio. La sacaba y metía por completo a cada embestida. Hasta que por fin (- UUUUUGGGGGRRRR, gruñí) y descargué en su interior lo más dentro que pude una gran cantidad de leche calentita. Ella también gimoteaba, no se había corrido, pero había disfrutado como una loca.
Todas aplaudieron al oír mi tremendo orgasmo. Después se la saqué y me incorporé.
Menudo polvo te ha echado el colega, le dijo Victoria a María.
Uffff, me lo ha dejado a rebosar, el cabrón se ha corrido como un caballo, dijo aguantando con la mano la salida de mi semen. - Voy al baño…
Me has dado una envidia, dijo Patri mordiéndose el labio.
Bueno, ¡pues ya está! ¿Salimos?, puso fin Cristina.
Nada más salir por la puerta de la casa, vinieron los primeros remordimientos a mi conciencia, supongo que coincidiendo con que el alcohol se iba diluyendo en mi sangre. Tomé una copa con ellas. En el bar ya no me hacían mucho caso (Se ve que ya no necesitaban nada más de mí…), así que decidí irme pronto para casa.
Al llegar y ver a Ana en la cama dormidita, no pude reprimir unas lágrimas (- Soy un cabrón, joder, soy un puto cabrón). Se me vino el mundo encima. La quería muchísimo y no me podía creer lo que había pasado.
Cariño, ¿ya estás aquí? ¿lo has pasado bien?, me susurró Ana, cuando notó que la abrazaba.
Eeeeeh, sí, contesté.
¿No te han tratado bien mis amigas?, me volvió a preguntar
Sí, sí, respondí, - muy bien.
Son majas, pero… un poco putas ¿verdad?, me dijo
Pueeeees no sé porqué lo dices… le respondí yo.
Venga, durmámonos, concluyó ella.
Jamás le conté nada a Ana, y jamás comenté nada con ninguna de sus amigas, a las cuales traté y me trataron como si nada hubiera pasado esa noche. Ana y yo nos casamos y somos felices desde entonces.
¿Si me arrepiento? Amo a Ana, y ésta fue la última y mi única aventura. Es un recuerdo que guardo sólo para mí, y que rememoro sólo a veces en mis sueños, y en mis mejores pajas.
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